sábado, 6 de junio de 2009

Entrevista a Ivan Noble / 15 - 02 - 07 / Diario Clarin


Alguna vez Iván Noble cumplió con el manual del buen rockero: actitud rebelde, liderazgo de adolescentes, devoción por la noche y voracidad por las mujeres. Alguna vez llegó o se fue de estadios en camionetas con vidrios polarizados, golpeados por fanáticas en llamas; alguna vez apareció en revistas del corazón, merced a sus amoríos con chicas televisivas como Natalia Oreiro o Valentina Bassi. Aunque se calce anteojos negros de rock star para las fotos, resulta difícil encontrar rastros de aquellos días en este hombre dedicado a la paternidad, que atiende llamados de su mamá y su esposa, Julieta Ortega (sí, otro romance con una actriz, pero ahora con libreta matrimonial mediante), y que dice: "El rock es una situación hormonal. A los 18, todo era en clave de rock: la música que oía, la que quería hacer, los lugares a donde íbamos, las remeras que nos poníamos, los recitales que visitábamos. Era testosterona pura. Hoy hay otras ventanitas a las cuales me puedo asomar. Y no sólo en términos musicales, sino en la vida. Antes salía a revisarle los bolsillos a la noche; ahora dejé el rock, prefiero quedarme en casa a ver Los Soprano".

Sus cambios de hábitos artísticos y cotidianos fueron simultáneos: hace cinco años, mientras se establecía en pareja, se iba de Los Caballeros de la Quema, la banda que lo cobijó durante doce años, y dejaba de hacer rock barrial para dedicarse a canciones que alguna vez definió como "baladas ruteras". Una vez solo, presentó Preguntas equivocadas (2003) y Nadie sabe dónde (2005). Con el inminente lanzamiento de Intemperie, podría suponerse que la carrera solista de Noble está consolidada, pero él, sin angustia, admite que no.

"En una charla con Afo Verde, presidente de Sony-BMG, le dije: Sueño con hacer algo muy chiquito, aunque sé que ahora no es el momento, porque recién me estoy instalando como solista. Pensaba en términos de industria. Torpeza mía, porque él me dijo que hiciera lo que quisiera. Por eso, éste es el más cálido de los tres discos; es, de verdad, lo que se me dio la gana. Tenía que recuperar la calidez: aunque no lo quieras, cuando salís de una banda estás todo el tiempo calculando. Pensás: tengo que hacer algo distinto a lo de antes, porque si no van a decir ¿para qué te fuiste de la banda?; pero tampoco demasiado diferente, porque no sabés si te va a salir. No sé si a este disco lo van a pasar mucho en la radio. Probablemente a los que escuchaban Los Caballeros les parezca muy maricón, y quizás el tipo de gente que pueda disfrutarlo me sigue viendo como un rockero... Busco mi destino, como Peter Fonda".



Te sentís totalmente ajeno al rock.

No reniego de mi historia, pero no me siento parte del entramado del rock actual: no me invitan a los festivales de rock, no llevo a cabo los rituales de las bandas, y desconfío de esa mística. Además, el rock actual no me conmueve en lo más mínimo. Fui a ver a White Stripes, y al cuarto tema me dolía la cabeza. En cambio, disfruto de Serrat o Liliana Herrero. No me siento culpable: simplemente estoy curioseando en otros lugares.

¿Qué querés decir con que desconfiás de la mística del rock?


Hablo del culto a la autenticidad, concepto que a esta altura es una entelequia. Hablo de las ceremonias y preceptos para mantener la fidelidad del público. Hay rockeros de pura cepa; yo no lo soy. Al margen del talento, no soy Charly García, ni Pappo, ni Keith Richards. Igual, habría que replantearse quién es rockero y quién no, porque llevar a cabo la puesta en escena del rock es muy fácil, pero quisiera ver cuáles son los consumos culturales de la gente que se dice muy rockera cuando se baja del escenario.



¿El rock perdió significado?

No quiero caer en el cinismo posmoderno de decir que no sirve para nada: es una música muy vital y movilizante. Pero todo el carácter insurreccional e insolente que se le quiere dar ya no existe. No sólo que el rock ya no asusta a nadie, sino que todos quieren esponsorearlo. Quizás sea un género condenado a ser inofensivo. No lo sé. Me parece mucho más difícil hacer una canción hermosa que mover una mano y que todo el estadio la mueva. Eso es facilísimo.



Cuando presentaste tu primer disco, dijiste que sabías que ya no te iba a seguir tanta gente. ¿Te preocupa recuperar el caudal de público?

Una banda de rock te abriga, y cuando sos solista quedás a la intemperie. Casi siempre los que salen de un grupo retroceden muchos casilleros. Perdés la leyenda y estás en una situación difícil: no sos un consagrado, tampoco una promesa, y estás sospechado de ser un traidor, porque te bajaste de algo que para mucha gente era un símbolo. Quedás en pelotas, solito y solo con tus nuevas canciones. Ahora me va menos gente a mis shows, es cierto. Pero ya viví la famita, las chicas que le ponen tu nombre al hamster y todo eso. Ya no hay histeria, y sí una conexión más íntima con el público. Al principio no, pero ahora me siento muy cómodo en esa situación. Aun con miedos, porque me encantaría vivir de la música toda la vida. Pero dejé de correr carreras: cuando estás en una banda y venís prosperando, cada dos días llamás para ver cómo se está vendiendo el disco nuevo. Lo hice con Preguntas equivocadas, y después entendí. Sé que ocupo un lugar módico, y está bien.



¿Te fijás en otros solistas, como Cerati, que recién al cuarto disco logró el reconocimiento que tenía en Soda Stereo?

Lo de Cerati es emblemático: tuvo constancia y fe en sus canciones. Fijate en el Bahiano, los chicos de Kuryaki, Skay... La gente no sólo no te firma cheques en blanco, sino que te pone un rato en penitencia. Pero como solista te bajás de la historia de cuántos discos, cuántos Luna Park. No tenés contra quién pelear: no vas a querer ocupar el espacio de García, Páez, Calamaro o Spinetta. Yo ocupo una segunda o tercera línea tranquilo, al trote. Es un espacio a construir. Ojalá yo pueda hacerlo.

Así como antes reconoció que pensó en su nuevo disco en términos comerciales —algo que todos hacen y nadie cuenta—, Iván Noble también admite, sin un ápice de falsa modestia, que no estamos ante un gran cantante, y aclara que no es guitarrista, sino "un tipo que sabe acordes". Por eso, cuenta que, pese a su vagancia, estuvo estudiando composición con Mariano Otero. Y dice, sin quejas: "Caballeros nunca fue una banda enorme. Tengo una o dos canciones muy populares, y las demás las conoce alguna gente". Queda una duda: cómo logra, con ese devastador autoconocimiento, sentarse a crear. "Supongo que por una fe ciega e irresponsable en la intuición. Como no tengo ni una sola chance de ser un genio, no me siento obligado a hacer canciones geniales. No soy un artista, sino un tipo que hace canciones. Conozco artistas de verdad, que se enferman por lo que hacen. Yo no: un rato de mis días los dedico a hacer canciones, otro rato leo el Olé, hablo con amigos... Este es mi laburo, mi oficio, y lo hago con respeto. Pero no estoy esperando mi obra cumbre, porque probablemente no la tenga".

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