
Ella hubiera hecho todo - lo que estaba en sus manos y lo que no - sólo por tener que ver algo con él, lo que fuese.
Quería besarle aún si su boca sabía a tabaco, despertar a su lado con resaca y despeinados.
Porque ella creía en el amor. Aburrido, monótono, monocromático y único.
Cuando el cielo se tornaba gris marengo, se colocaba un libro sobre las rodillas - a estas alturas no hace falta aclarar que se trataba de cualquier novela romántica, cómo no - y esperaba leyendo. Y así pasaban sus días, enamorada - de nada - y sus noches iguales todas, muy largas.
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