
Un día cualquiera; sin saber como, podríamos llamarlo azar o destino, la encontró.
Era uno de esos días, de esos días que no tienen nada de especial, de los que no recordarás por nada, de esos que pasarían a formar parte de las zonas más recónditas de la materia gris; pero de los que al final pasan a las primeras páginas de la historia de tu vida.
El protagonista de esta historia, el maestro, pensaba que su vida estaba resuelta, tranquila, sin más olas que las que producía una buena noche de tequila y limón, acompañado de alguna princesa de algún lejano castillo de arena...
Entonces digamos que por azar, apareció ella, como en la película, arrasando, digamos que como un tsunami que derrumba los castillos de la orilla, las sombrillas que protegen del sol, que asola todo lo que encuentra en su camino. El caballero, pensándola como una princesa más en su corte, se atrevió a jugar. Era un juego que conocía bien, él había creado las reglas, pero se olvido de algo.
Se preparó y formó sólo para ser el vencedor. Pero estaba tan preocupado de sacar un master en conquista y formación sexual, que olvidó matricularse en derrota y educación sentimental; no estaba preparado para saber como rozar su cuerpo sin provocar rozaduras en su alma.
Él creía ser dueño de todo solo porque en el sexo era un maestro; solía decirse, “... tanto el amor como el sexo, no necesitan de héroes dispuestos a morir, sino de entusiastas capaces de vivir sin más reto que mantenerse a flote y no naufragar...”. Su juego empezaba a dar los primeros frutos, iba ganando la partida, pero en uno de sus movimientos cometió un error, dejó su corazón al descubierto, y ella, siempre tan atenta entró. Y así fue como el maestro, dejó de serlo y se convirtió en el Naufrago de los Sueños y la princesa, esa débil princesa, se convirtió en la Reina de Corazones.
El naufrago de los sueños, se encontraba cada vez más a la deriva, cada vez era mayor el pánico que tenía para navegar, para nadar, se conformaba con llegar al puerto al que se le había asignado arribar. Sólo a veces se ponía el disfraz de marinero intrépido y exploraba nuevos puertos, surcaba océanos embravecidos, buscando a la Reina de corazones que le había hecho tropezar y le había robado el timón de su barco. A veces en las noches en las que se dejaba ahogar en algún vaso, era capaz de mostrar el desencanto e inconformismo con el papel que le había tocado vivir, donde se esperaba mucho de él, donde no sabía bien como encajar, y donde tantas veces no encontró fuerzas para decir no. En esas noches de naufragios en los océanos de los vasos, aparecía el marinero rudo, fuerte, con sentimientos, el que no tenía miedo de enfrentarse a ese mar embravecido, a esas olas gigantes, a esas fieras marinas, con el objetivo de llegar a ese puerto perdido y encontrar en el a la Reina de Corazones para que le acompañara en su huída.
Y la encontró, surcó los mares buscando la alta torre en la que ella lo esperaba, y la encontró. Y al tenerle cerca le susurro al oído como tantas otras veces, Naufrago de los Sueños, recuerda; “...Eres un nostálgico. Héroes dispuestos a morir por amor....Nadie muere por amor y los héroes ya no existen. Tanto el amor, como el sexo, necesitan valientes dispuestos a vivir nadando, necesitan Náufragos, como tú, que busquen a su Reina de Corazones para mantenerse a flote”
Así fue como ella hizo de su cuerpo altar donde él naufragaba cada noche. Y convertida ya en ladrona de sus sueños, sólo en las noches que el náufrago sucumbió a sus encantos, durmió y descansó. Pero, cuando la reina se ausentaba y no le protegía, volvía a dejar tras ella noches en vela desiertas de sueños. Soñaba despierto con apacibles noches de descansos y sueños, y añoraba en su cama a su reina de corazones, la dueña de las cicatrices que le roban la calma.
Recordando aquel día cualquiera, en el que sin saber como, podríamos llamarlo azar o destino, la encontró; recordando aquel día en el que aún creía en las princesas de castillos de arena y recordando aquellos tiempos en los que aún el Naufrago era maestro, se descubre al mirarse, marcado por la huellas de la musa que no creyó ser nunca dueña de nada y que en realidad era la Reina de Corazones. Ahora vive con las cicatrices que inevitablemente dejan los arañazos en el alma y a la espera de las noches en las que ella decida volver, para así el Naufrago de los Sueños ser capaz de reconciliarse con sus sueños.
No hay comentarios:
Publicar un comentario